Una especie en peligro de extinción. Esta foto me la sacó un compañero con las manos en la masa. Fíjense ustedes en la postura depredadora, en la mirada agresiva hacia el suelo...
La diferencia entre el setero y el seticida dominguero se aprecia en esos pequeños detalles. Expresión alocada, déficit de atención mirando al suelo, cálculos de precipitaciones y temperaturas, de gestión de los setales, etc... por parte del primero: falta de preocupación a la hora de esconder la información, de saber cuándo hay que salir al monte, de cuidar los setales, de no llevar a muchísima gente, de coger las setas a un tamaño normal o de dejar alguna seta para que espore, de no arrancar del suelo todo tipo de seta... en el caso del segundo.
La verdadera afición. Algo que viene siendo cada vez más complicado, porque las setas han entrado en la esfera mercantil, y cuando algo se puede comprar, se convierte inmediatamente en producto de masas. La gente compra lo que le vendan. Antes se podían comprar las setas para comer, ahora se puede comprar el simple hecho de cogerlas. Y eso supone publicidad, (¡aquí salen setas!¡Que venga todo el mundo a pagar el pase!) y como nuestro compañero boby me decía, yo por ahí no paso. La mercantilización del sistema fúngico del monte supone, por un lado, poner en peligro las especies (porque el que paga ya le da igual, se lleva todo, no cuida, se cree que es suyo por haberlo pagado; y porque se masivizan los montes con la publicidad deliberada de los "ingenieros micólogos") y por otro, imposibilitar a los pocos que siempre hemos tenido esta afición el que podamos disfrutar del monte sin que se convierta en una autopista de gente, helechos pisados, mechones de hierba arrancados de cuajo,... gente que, en realidad, va a comprar un servicio nuevo, a pasar el día, porque las setas específicamente ni le van ni le vienen.
Simplemente quería replantear este debate sobre la mercantilización del monte en muchos sitios de la península, replantear digo, porque seguramente ya se ha discutido aquí en varias ocasiones.
Todo esto me lleva a concluir que por más que esos ingenieros se empeñen, no hay setas para todos. Somos muchos y las setas pocas, exijen ser una afición de unos pocos, como siempre. Ponerlas a la venta como pasatiempo del ciudadano medio supone masivizar los montes más fúngicos, destruir las especies y destruir la afición de los que de verdad lo viven, y que algunos pueblos hagan caja aceleradamente para de aquí a unos años no poder hacerla ni mínimamente.